Siempre me había parecido un mes difícil de llevar. De esos que esperas que pase rápido, porque aún te recuerda al verano que has dejado atrás y te avisa del frío invierno que está por llegar.

Maldito septiembre pensé durante muchos años. Ver cómo la playa se vaciaba y la gente volvía a su rutina, me producía una mezcla de nostalgia y desesperación. Porque había que esperar un año entero hasta el próximo verano. Y parecía, que hasta entonces, el tiempo iba a pasar muy lento.

Entonces, aún no era consciente de todo lo que el resto del año tenía preparado para mí. Eso me daba igual, en ese momento me sobraban los otros 9 meses.

Porque estar en septiembre, suponía asumir que cada uno, a su manera, volvía a la rutina. Que aquello de bañarse hasta las 9 de la noche se había acabado, que cada vez te apetecía menos trasnochar un martes o que ya sabías perfectamente en qué día de la semana estabas.

Maldito septiembre, pensaba entonces, porque en verano vivía protegido de todas las preocupaciones que en otras ocasiones no me dejaban dormir.

Porque todo tiende a no ser real en verano. Todo parece mejor de lo que seguramente es. Incluso tú, sacas la mejor versión de ti mismo.

Y así, todo es posible.

Sin embargo, comenzar el otoño suponía volver a la realidad. Tú realidad. Esa que te devolvía a tus obligaciones y te pedía poner en orden tu día a día. De alguna forma, sentías cómo te quitaban la protección que habías tenido durante un tiempo.

Y así fue durante muchos años. Esperando a que llegase octubre para acabar con todas esas sensaciones encontradas.

Seguramente no era más que lo que llaman “Síndrome post vacacional”, pero a mí me gusta pensar que hay algo más.

Así que empecé a pensar cómo podía hacer para no odiar ese mes. Y entonces, poco a poco, me di cuenta que septiembre no era el problema. Que no tenía la culpa.

El problema era yo. No podía pretender vivir de forma diferente según la época del año. No podía magnificar lo que pasaba entonces, ni despreciar los otros 9 meses. No podía vivir esperando el próximo verano.

Así que me propuse no abandonar nunca el estado de ánimo que sentía cuando llegaba junio. A no permitir que el otoño apagase las ganas de disfrutar de cada minuto.

A vivir el verano como si fuese un estado de ánimo. Así que no me importaba que lloviese, que tuviese que sacar el abrigo o volver a mi rutina.

Desde entonces, siempre quedaba espacio para el verano. Comencé a buscar las mismas sensaciones durante todo el año. A no guardar nunca el bañador en el armario, a dejar un poco de arena en el maletero del coche, a alargar los viajes a la playa en otoño o a visitar con frecuencia los sitios que entonces reservaba para julio y agosto.

Y así conseguí dejar de odiar septiembre. A alargar ese estado de felicidad que sentía entonces. A buscar sacar el máximo de cada situación, igual que pasa cuando sabes que después de San Juan, cada noche será más corta y necesitas aprovechar cada hora de luz.

Porque el verano, desde entonces, paso a ser un estado de ánimo y no una estación del año. Así que cuando llegue el próximo otoño, ya no esperaré a que pasen rápido los meses. Sólo esperaré mantener siempre el mismo estado de ánimo.

Leave a comment

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.